EAF - Arte y Estado: La Revolución Argentina

Por escaner-cultural - 12 de Julio, 2006, 12:22, Categoría: General

EAF - Vª Temporada XV Ediciones
ARTE Y ESTADO
La Revolución Argentina (1966-70)

N.B. Versión abreviada de "Capítulo 66: La revolución
argentina (1966-1973)" de "Historia general de las
relaciones exteriores de la República Argentina"
(2000). Dirección: Andrés Cisneros y Carlos Escudé.
Versión completa: argentina-rree.com

Tras el derrocamiento del gobierno radical de Arturo
Illia el 28 de junio de 1966, se abrió un nuevo
período de gobiernos militares en la historia
argentina, denominado la “Revolución Argentina”, que
culminó con el retorno del peronismo al poder en 1973.
Tres gestiones se repartieron este período: la del
general Juan Carlos Onganía (junio de 1966-junio de
1970), la del general Marcelo Levingston (junio de
1970-marzo de 1971) y la del general Alejandro Agustín
Lanusse (marzo de 1971-mayo de 1973). 

El golpe fue justificado por sus ejecutores en las
supuestas falencias de la democracia liberal y en la
existencia de una crisis integral:

(...) la pésima conducción de los negocios públicos
por el actual gobierno, como culminación de muchos
otros errores de los que le precedieron en las últimas
décadas, de fallas estructurales y de la aplicación de
sistemas y técnicas inadecuadas a las realidades
contemporáneas, han provocado la ruptura de la unidad
espiritual del pueblo argentino, el desaliento y el
escepticismo generalizados, la apatía y la pérdida del
sentir nacional, el crónico deterioro de la vida
económico-financiera, la quiebra del principio de
autoridad y una ausencia de orden y disciplina que se
traducen en hondas perturbaciones sociales y en un
notorio desconocimiento del derecho y de la justicia.
Todo ello ha creado condiciones propicias para una
sutil y agresiva penetración marxista en todos los
campos de la vida nacional, y suscitado un clima que
es favorable a los desbordes extremistas y que pone a
la Nación en peligro de caer ante el avance del
totalitarismo colectivista.
Esta trágica realidad lleva ineludiblemente a la
conclusión de que las Fuerzas Armadas, en cumplimiento
de su misión de salvaguardar los más altos intereses
de la Nación, deben adoptar, de inmediato, las medidas
conducentes a terminar con este estado de cosas y
encauzar definitivamente al país hacia la obtención de
sus grandes objetivos nacionales (...). (1)

En consecuencia, tras el golpe de junio de 1966, el
sistema democrático dejó su lugar a un gobierno
militar, que tuvo como objetivo expreso el de
concretar cambios de carácter estructural, a nivel
socioeconómico, político, cultural y tecnológico. De
acuerdo con el objetivo general establecido en el
Anexo 3 del Acta de la Revolución Argentina, el nuevo
gobierno debía

(...) Consolidar los valores espirituales, elevar el
nivel cultural, educacional y técnico; eliminar las
causas profundas del actual estancamiento económico,
alcanzar adecuadas relaciones laborales, asegurar el
bienestar social y afianzar nuestra tradición
espiritual basada en los ideales de libertad y
dignidad de la persona humana, que son patrimonio de
la civilización occidental y cristiana; como medios
para restablecer una auténtica democracia
representativa en la que impere el orden dentro de la
ley, la justicia y el interés del bien común, todo
ello para reencauzar al país por el camino de su
grandeza y proyectarlo hacia el exterior. (2)

Esta tarea estructural estuvo formalmente a cargo del
general Juan Carlos Onganía, líder de la facción
“azul” del Ejército que venía imponiéndose a la de los
“colorados” desde 1962. Onganía exigió como condición
para asumir la presidencia que las fuerzas armadas
volviesen a sus tareas específicas y no interfirieran
en la acción de gobierno. (3) A diferencia de las
gestiones civiles y militares que deambularon por la
Casa Rosada entre 1955 y 1966, la llegada del general
Onganía a la presidencia estuvo respaldada por un
amplio consenso inicial, proveniente de sectores muy
diversos de la sociedad argentina, desde productores
agropecuarios y grandes y pequeños empresarios hasta
dirigentes sindicales. (4) También formaron parte del
gabinete de Onganía integrantes de asociaciones
católicas importantes, tales como el Ateneo de la
República, los Cursillos de Cristiandad y el Opus Dei.
(5) Incluso, algunos partidos políticos otorgaron
apoyo al nuevo régimen -el desarrollismo (6) y el
peronismo (7) entre otros-; por el contrario no lo
hicieron los radicales, socialistas y comunistas. (8)

Desencantados tanto de la democracia liberal como de
las experiencias políticas anteriores y deseosos de un
“cambio revolucionario” que sacara a la Argentina del
estancamiento, los distintos sectores sociales
idealizaron la figura del recién llegado a la Casa
Rosada, y -como sostiene Félix Luna- otorgaron a
Onganía una “imagen” de hombre fuerte, con autoridad
en las fuerzas armadas, prestigio en los sectores
obreros, sensibilidad popular, espíritu práctico y
sentido de modernidad. (9)
Sin embargo, el poder ilimitado que la sociedad
argentina parecía otorgarle a Onganía tenía una base
muy heterogénea, de manera que su gestión deambuló
contradictoriamente entre la adopción de medidas de
corte modernizador -especialmente en el terreno de la
política económica- y las de índole conservador
-especialmente en el plano de la política
universitaria y cultural-. Esta tensión irresuelta
entre modernización y conservadurismo caracterizó
tanto la política interna como la política exterior
del onganiato, y terminó por quebrar el consenso
inicial logrado.
Para cumplir con este mandato de la sociedad de
construir una “nueva” Argentina, el gobierno de
Onganía debió hacer frente a tres problemas básicos:
el estancamiento económico, la amenaza comunista a la
seguridad interna, y la salida hacia una democracia
participativa. Intentó resolverlos a través de la
coexistencia de los postulados de cuatro tendencias:
la “liberal”, la “nacionalista ortodoxa”, la
“nacionalista desarrollista” y la de los
“nacionalistas heterodoxos” o
“nacionalistas-liberales”.
El componente liberal estuvo ya presente en el texto
del Mensaje dirigido por la Junta Revolucionaria al
Pueblo Argentino el 28 de junio de 1966. Asimismo,
muchos de los objetivos establecidos en el ámbito de
la política económica (afianzar la libertad de
decisión de los consumidores, combatir la distorsión
de los monopolios y promover la competencia, lograr la
estabilidad monetaria) tuvieron un tono liberal. (10)
Este tipo de políticas estuvo representada por las
presencias de Alvaro Alsogaray como embajador en
Estados Unidos (julio de 1966 a octubre de 1968) y de
su hermano Julio Rodolfo como comandante en jefe del
Ejército (diciembre de 1966 a agosto de 1968). No
obstante, el primer ministro de Economía del nuevo
régimen, Néstor Jorge Salimei (junio a diciembre de
1966), aunque era miembro del Instituto de Estudios
Económicos y Sociales que dirigía Alvaro Alsogaray, no
fue un fiel exponente de los liberales, ya que estaba
inclinado hacia cierto grado de estatismo en materia
económica. (11) En cambio, su sucesor, Adalbert
Krieger Vasena (diciembre de 1966 a junio de 1969),
fue un cabal representante de la corriente liberal
dentro del gobierno de Onganía. (12)
La línea liberal propuso, para superar el
estancamiento económico, la adopción de medidas
anti-inflacionarias de estabilización y ajuste como
pasos previos al crecimiento, el cual se lograría con
atracción de capital extranjero y medidas de
modernización y apertura económica. A su vez, la
liberalización de la economía llevaría a una
liberalización de la política, al eliminar los rasgos
corporativos de la sociedad argentina. Por último,
estas transformaciones conducirían a la salida
institucional democrática. En cuanto a la política
exterior, los liberales propusieron el alineamiento
con Estados Unidos, país clave para acceder a los
créditos necesarios para modernizar la economía. Esta
línea de razonamiento fue claramente explicitada por
Alvaro Alsogaray en su actuación como embajador en
Estados Unidos. (13) 
Respecto del ámbito regional, el modelo preferido por
los liberales fue el de la Asociación Latinoamericana
de Libre Comercio (ALALC), con sede en Montevideo,
mecanismo que apuntó a dar prioridad a las fuerzas del
libre comercio en el proceso de integración. (14)
Apostando a las relaciones con los países pequeños de
la Cuenca del Plata -Bolivia, Uruguay y Paraguay-, los
liberales procuraron lograr la integración regional a
través de la apertura económica y la reciprocidad
multilateral. Por ejemplo, el semanario Primera Plana,
a través del columnista Mariano Grondona, urgió a
“dedicar nuevos empeños a la ALALC” y apostó, en forma
congruente con la línea de Onganía y su canciller
Nicanor Costa Méndez, por la alianza con Brasil que
apuntase a un liderazgo conjunto regional. (15)
Pero, a la vez que establecía medidas acordes con los
postulados liberales, el gobierno de Onganía adoptaba
otras que se apartaban del liberalismo y se
emparentaban más con las ideas de los nacionalistas.
Estas, sin embargo, se caracterizaron por una enorme
heterogeneidad, particularmente entre fines de la
década de 1960 y principios de la de 1970, pudiendo
identificarse las mencionadas tres líneas:
“nacionalista ortodoxa”, “nacionalista desarrollista”
y “nacionalista heterodoxa” o “nacionalista-liberal”.
En el plano de la política exterior se advirtieron
diferencias entre liberales y nacionalistas, pero
también las hubo entre las tres variantes de la
corriente nacionalista. Obviamente, el énfasis de los
liberales en la adopción de medidas de estabilización
económica los llevó a proponer una política exterior
que estrechara los vínculos con los organismos
internacionales de crédito y se acercara a un perfil
de alineamiento con el principal proveedor de dichos
créditos, el gobierno de Estados Unidos. Frente a esta
postura, los nacionalistas reaccionaron con diferentes
matices: abierto rechazo en el caso de los
“ortodoxos”, que propusieron un modelo de desarrollo
nacional cerrado y autárquico, basado en los recursos
locales; de rechazo condicionado en el caso de los
“desarrollistas”, que sostuvieron la necesidad de
contar con créditos y capitales externos, pero sólo
como un paso inicial en un proceso donde los esfuerzos
debían invertirse en el desarrollo de las industrias
de base; y, finalmente, de aceptación pragmática en el
caso de los “heterodoxos”, que reconocieron como los
liberales la necesidad de la estabilización económica
como requisito para el desarrollo nacional, pero sin
renunciar a éste.
Algo similar ocurrió en el caso de la integración
regional. Mientras los liberales propusieron modelos
de integración abiertos, como el de la ALALC, los
nacionalistas rechazaron los modelos de integración
basados en esquemas librecambistas, que pudieran
afectar las industrias nacionales, aunque en este tema
se registraron diferentes matices. Los nacionalistas
“ortodoxos” pusieron el acento en un modelo de
desarrollo “cerrado”, autárquico, receloso de los
esquemas de integración regional. En cambio, los
nacionalistas “desarrollistas” ponían el acento en
esquemas de integración que implicaran, como paso
previo, el desarrollo a nivel regional. (16) Aunque
coincidieron en términos generales con la propuesta
del Grupo Andino, (17) basada en políticas de
planificación industriales y control de inversiones,
los “desarrollistas” argentinos no estuvieron
dispuestos a sacrificar los objetivos de desarrollo
integral nacional en aras de esquemas de integración
supranacional como el propuesto por las naciones del
Pacífico. En consecuencia, y a pesar de sus
diferencias, tanto “ortodoxos” como “desarrollistas”
hicieron una lectura crítica respecto de los modelos
de integración regional de ese momento. Pusieron
objeciones al esquema “liberal” de la ALALC, pero
también a la propuesta “supranacional” del  Pacto
Andino. Finalmente, los nacionalistas” heterodoxos o
“nacionalistas-liberales”, como el presidente Onganía
o su canciller Nicanor Costa Méndez, jugaron
pragmáticamente a dos puntas, intentando vincularse
tanto al esquema de ALALC como al del Pacto Andino.
Por cierto, el tema de los vínculos con los países
vecinos revelaba una diferencia de criterio sustancial
entre la preferencia liberal por la solución pacífica
de controversias limítrofes -producto lógico de su
predilección por esquemas de integración “abiertos”,
que dichas controversias podían hacer peligrar- y la
inclinación nacionalista por las hipótesis de
conflicto. Pero dentro de la corriente nacionalista
también existían importantes diferencias respecto de
este tema. Los nacionalistas “ortodoxos” seguían
adheridos al viejo esquema de equilibrio de poder
regional, donde Brasil y Chile aparecían como países
“expansionistas”, y de los que la Argentina debía
defenderse, con el agravante de que el primero de
ellos era, además, “agente” de Estados Unidos en el
Cono Sur. Alarmados por los que percibieron como
avances “hidroeléctricos” brasileños y “territoriales”
chilenos, los nacionalistas “ortodoxos” reclamaron a
la Cancillería la adopción de posiciones “duras” en
cuestiones “sensibles” a la soberanía nacional, como
el aprovechamiento de los ríos de la Cuenca del Plata
o la delimitación de las fronteras australes. Por su
parte, los nacionalistas “desarrollistas” compartieron
los recelos de sus colegas “ortodoxos” por la
“expansión” de Brasil y Chile, pero incorporaron
nuevos elementos provenientes de argumentos
entroncados con la teoría de la dependencia y el
desarrollismo a las hipótesis de conflicto. Así,
percibieron en el contraste entre el “subdesarrollo”
de las zonas fronterizas argentinas y el “desarrollo”
chileno o brasileño un nuevo componente de amenaza.
Convencidos de que la mejor forma de contener a estos
vecinos expansionistas era a través de medidas de
desarrollo e integración a nivel interno, los
“desarrollistas” otorgaron especial énfasis a la
necesidad de adoptar medidas de promoción y desarrollo
económico en ciertas áreas descuidadas o
subdesarrolladas como Misiones, el Chaco, o la
Patagonia. Finalmente, los “heterodoxos” intentaron
una síntesis entre la apertura “liberal” al mundo y el
“desarrollismo” de algunos sectores nacionalistas.
Producto de esto fue la adhesión de Onganía a las
medidas de estabilización liberal y su acuerdo con los
postulados de la ALALC, al mismo tiempo que intentaba
adoptar un plan “desarrollista” de estímulo a la
región patagónica. Por su parte, el canciller
argentino buscó la colaboración política y económica
con Europa como un medio de contrarrestar cualquier
tendencia inhibitoria del desarrollo nacional en el
marco del sistema interamericano.
Cabe destacar que en el plano de la política exterior,
los nacionalistas “ortodoxos” percibían un mundo
signado por la persistencia del conflicto ideológico
bipolar, el paradigma realista y sostenían el concepto
de “fronteras ideológicas”. (18)
Por cierto, la variante del nacionalismo “ortodoxo”
correspondió a los intereses de los sectores más
conservadores, figurando entre ellos el ministro del
Interior, Enrique Martínez Paz; el secretario de
gobierno, Mario Díaz Colodrero, y, fuera del gobierno,
el nacionalista conservador Marcelo Sánchez Sorondo,
quien desde el semanario Azul y Blanco combatió las
tendencias liberales en el gabinete del gobierno de
Onganía. En política interna, los nacionalistas
“ortodoxos” abogaron por la disolución de la “vieja
política” del sistema liberal de partidos y su
reemplazo por una “nueva política” que no incluyera a
los partidos políticos sino a los representantes de la
comunidad. (19) Además, el desprecio por la democracia
estaba íntimamente conectado con el sentimiento
anticomunista. En este esquema ideológico, las medidas
de represión del comunismo en todos los ámbitos
-incluyendo el cultural- eran la única solución para
evitar un flagelo de origen externo que utilizaba
todos los canales -medios de comunicación,
universidad, centros culturales- para infiltrarse en
la sociedad argentina y amenazar la seguridad interna.
Así, el ministro del Interior Martínez Paz atacaba a
las universidades públicas, caracterizándolas como “un
foco de disolución ideológica, una trinchera más de la
guerra fría, un frente interno donde se oculta el
enemigo”. (20) 
Los nacionalistas ortodoxos demostraron también una
apreciable dosis de antisemitismo. Durante el gobierno
de Onganía, los columnistas del New York Times
expresaron su preocupación por las manifestaciones de
antisemitismo de algunos integrantes del gabinete. Por
cierto, los judíos argentinos y norteamericanos se
intranquilizaron ante hechos tales como la polémica
entrevista del ministro del Interior Martínez Paz con
el jefe del Movimiento Nacionalista Revolucionario
Tacuara, Patricio Errecalte Pueyrredón, durante casi
una hora, en julio de 1966; o con la actitud del
secretario general de la Presidencia, general Héctor
Repetto, quien en agosto del mismo año recibió en su
despacho al jefe de la Liga Argentina Nacional
Sindicalista (LANS), Roberto Etchenique (h.), otra
entidad de tendencia antisemita. (21) No obstante,
Onganía, en una entrevista que tuvo con directivos de
la Delegación de Asociaciones Israelitas (DAIA) el 12
de julio de 1966, procuró alejar los temores de los
judíos argentinos respecto de tendencias antisemitas
en el seno del gobierno. (22) 
A su vez, la variante “desarrollista” del nacionalismo
se distinguió de la “ortodoxa” en varios aspectos. En
el plano de la política interna, si bien los
nacionalistas “desarrollistas” compartían la visión
“corporativa” de la sociedad que tenían los
“ortodoxos”, diferían esencialmente en cuanto al mejor
remedio para combatir el problema de la subversión al
orden político interno. Los primeros percibían que el
fenómeno subversivo tenía causas tanto externas -la
“exportación” ideológica del castrismo a países de la
región- como internas -la falta de desarrollo social,
económico e incluso espiritual de las sociedades- y
que el uso exclusivo de medidas represivas era una
herramienta insuficiente, e incluso contraproducente,
para lograr la seguridad interna. Tampoco estaban de
acuerdo con el énfasis en el ajuste y la estabilidad
macroeconómica del discurso liberal. Para los
“desarrollistas”, ninguna de las dos recetas aseguraba
la seguridad y el desarrollo internos.
Por cierto, los militares “desarrollistas” que
actuaron durante los gobiernos de la Revolución
Argentina manejaron un concepto de “desarrollo” que
iba más allá del mero desarrollo socio-económico. El
general Juan Enrique Guglialmelli, director de la
Escuela Superior de Guerra, del Centro de Altos
Estudios, y de la revista Estrategia, que fue además
secretario de Enlace y Coordinación de la Presidencia
de la Nación en el gobierno de Arturo Frondizi y
secretario del Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE)
durante el de Levingston, elaboró para las distintas
academias del ejército una “doctrina de la seguridad
nacional”, que vinculaba la seguridad a la derrota de
la subversión, y la última al desarrollo “integral”.
Guglialmelli planteaba un “desarrollo integral con
independencia”, aclarando que se refería al desarrollo
“económico-social, cultural y espiritual” y que “con
independencia” significaba la ruptura de cuatro formas
esenciales de dependencia: la económica, la política,
la cultural y la ideológica”. (23) Así, opuestos a las
medidas de estabilización y ajuste preconizadas por
los liberales y a la represión impulsada por los
nacionalistas más reaccionarios, en tanto ninguno de
los dos atacaba las “causas” materiales y espirituales
que alimentaban la subversión, los nacionalistas
“desarrollistas” sostenían que el desarrollo
“integral” era la mejor garantía para contener la
subversión. (24)
El diagnóstico que los nacionalistas “desarrollistas”
hacían del mundo y del rol de la Argentina en el mismo
estaba fuertemente influido por los conceptos
frigeristas y los postulados de la teoría de la
dependencia. Así, el general Osiris G. Villegas,
percibió un contexto mundial caracterizado por el
desplazamiento de la Guerra Fría a la détente, de la
lucha ideológica a la económica, y la división de los
países en desarrollados -con desarrollo de industrias
de base- y subdesarrollados -con una economía
primaria-, categoría esta última donde estaban
ubicados la Argentina y los países sudamericanos. En
consecuencia, había que apostar al desarrollo de las
industrias de base para que la Argentina pudiese tener
gravitación internacional. Villegas enfatizó la
importancia del desarrollo científico y tecnológico,
especialmente en sectores tales como la energía
nuclear, la electrónica o la cibernética, con el
objetivo de acelerar la transición de un país
agrícola-ganadero dependiente a un país
industrializado e independiente. Por su parte,
Guglialmelli retomó el énfasis frigerista en el
desarrollo de  los sectores de industria de base:
industria pesada, química pesada, petroquímica y
siderurgia, como parte clave de una estrategia de
industrialización cada vez más creciente y autónoma,
frente al neocolonialismo que quería reeditar la
división internacional del trabajo y ubicar a los
países periféricos como productores primarios o de
industrias obsoletas. En consecuencia, tanto para
Guglialmelli como para Villegas, política de
desarrollo y política de seguridad eran conceptos
interdependientes que formaban parte de la política
nacional. (25) En forma acorde con este pensamiento,
las autoridades de la Escuela Nacional de Guerra
sostuvieron la necesidad de redefinir el concepto de
seguridad, vinculándolo al de desarrollo. (26)
Por otra parte, los generales Guglialmelli y Villegas
sostenían la conveniencia de la integración nacional
como paso previo a la integración regional, que
quedaba postergada a una etapa final. (27) En este
punto, Guglialmelli sostiene, en una clara crítica a
la corriente liberal, que

“(...) Si la integración nacional previa a la
integración regional constituye un objetivo político,
existirá un conflicto con quienes, dentro y fuera del
país propugnan lo contrario. El examen profundo del
problema permitirá reconocer a los intereses enemigos
y a los intereses aliados. A sus agentes y a sus modos
de operar. Se podrá entonces replicar a la
aparentemente simple y razonable proposición de la
complementación regional que nos induce a cambiar con
un vecino su cobre, que tenemos, por nuestros cereales
y carne; a postergar la explotación de Sierra Grande
porque podemos importar mineral de hierro de otras
partes; a limitar nuestra siderurgia a la laminación
pues podemos adquirir arrabio en otras partes; a
redimensionar nuestra industria automotriz, como lo
aconsejan los técnicos internacionales, para adquirir
partes a las industrias nacientes de países
limítrofes.
Detrás de estas “inocentes” propuestas, fundadas en la
“economicidad” y la solidaridad regional se esconde en
verdad la filosofía del estancamiento, la defensa del
statu quo, el negocio de los monopolios
internacionales, la renuncia a nuestro desarrollo
independiente. (...) (28)

De esta manera, los nacionalistas “desarrollistas”
argentinos, como sus contrapartes brasileños,
postularon un esquema de integración regional gradual
que dependiera de los desarrollos nacionales y no de
un impulso supranacional. Por ejemplo, el diario
“desarrollista” Clarín, a través de editoriales
firmados por Oscar Camilión, ex subsecretario de
Relaciones Exteriores del gobierno de Frondizi,
rechazó el esquema de una integración acelerada
impulsado por los signatarios del Pacto de Bogotá de
agosto de 1966 y Estados Unidos, pues “puede servir de
pretexto a obligar a la Argentina a renunciar a la
siderurgia, petroquímica y otros sectores básicos”.
(29)
Por su parte, la receta “heterodoxa” o de los
nacionalistas “liberales” se caracterizó por procurar
un equilibrio, entre los postulados de las corrientes
liberal y nacionalista. Adhirieron a ésta el
presidente Juan Carlos Onganía, el ministro de
Economía Néstor Jorge Salimei, el canciller Nicanor
Costa Méndez, y el teniente general Alejandro Agustín
Lanusse, quien pasó a ser comandante en jefe del
ejército tras el alejamiento del liberal Julio
Alsogaray en octubre de 1968. (30)
Acorde a la orientación anticomunista, el gobierno de
Onganía adoptó la llamada “Doctrina de la Seguridad
Nacional y el Desarrollo”. Para llevarla a la
práctica, el régimen militar instauró, en el ámbito
interno, dos organismos encargados de trabajar temas
internos y/o externos vinculados con todas las
cuestiones relacionadas a la seguridad y al
desarrollo: el Consejo Nacional de Seguridad (CONASE)
y el Consejo Nacional de Desarrollo (CONADE). La
Doctrina de la Seguridad Nacional y el Desarrollo fue
compatible con los postulados definidos a partir de
1961 por el Departamento de Estado norteamericano. La
activa participación argentina en mecanismos de
seguridad interamericanos y la propuesta de creación
de un órgano militar en la OEA reveló una coincidencia
entre el diagnóstico de Onganía y el de su colega
norteamericano Lyndon Johnson respecto de la amenaza
de Cuba a la seguridad continental. (31)
No obstante, el presidente Onganía intentó demostrar
que mantenía cierta distancia con los objetivos
estratégicos de Estados Unidos. En una conferencia de
prensa efectuada el 4 de agosto de 1966, Onganía dijo:


La Argentina está plenamente identificada con el
sistema interamericano (...) (cuyo funcionamiento)
excluye de hecho y de derecho la existencia de bloques
parciales en beneficio de la armonía del continente.
La no participación en bloques no significa ignorar
las relaciones bilaterales entre los países americanos
(...)
Con respecto a la OEA participará en la reforma de la
carta e insistirá para que a través de esta
organización se promuevan planes de desarrollo
cultural, económico y social para la América Latina
(...). (32)

Asimismo, a fines de 1967, dijo Onganía ante los
mandos militares:

(..) en materia de relaciones exteriores, nuestra
política es universalista. Deseamos un solo mundo, no
varios. No podemos participar de estrategias en cuya
formulación no formamos parte. El mundo occidental,
como está actualmente, no es el mundo al que nosotros
aspiramos. Nuestra posición es nacional,
hispanoamericana, latinoamericana. (33)

Finalmente, en una entrevista que le realizara el
diario Expreso del Perú en 1968, el presidente
argentino sostuvo que  

La realidad es que el mundo está dividido en dos
bloques. Nosotros pertenecemos a uno de ellos no
porque lo consideremos necesariamente el mejor, sino,
en último análisis, por razones de seguridad. El mundo
comunista es un mundo hostil, que quiere destruirnos.
Necesariamente entonces tenemos que estar del otro
lado, con Occidente. Dentro de Occidente, la Argentina
es parte de Latinoamérica, con mayor precisión de la
América Hispánica, y debe tender a la integración.
(34) 

Las declaraciones del presidente Onganía revelaban una
posición de política exterior que, a la vez que
proclamaba la pertenencia de la Argentina a Occidente,
trataba de diferenciarse de la política
norteamericana, propugnando objetivos “nacionales”. En
este sentido, podemos hablar de un perfil
occidentalista heterodoxo. Por cierto, la oposición a
la creación de una fuerza armada interamericana de paz
(FIP) -proyecto acariciado por el Departamento de
Estado norteamericano-, el rechazo a los
condicionamientos sugeridos en el convenio con la
empresa siderúrgica US Steel, la opción por la
utilización de uranio natural -caro pero existente en
el territorio argentino- en vez del uranio enriquecido
-cuyo proveedor era Estados Unidos-, la puesta en
marcha del complejo Chocón-Cerros Colorados, y el
rechazo a la firma del Tratado de No Proliferación
Nuclear -impulsado, entre otros países nucleares, por
Estados Unidos- fueron ejemplos de una actitud
fuertemente influida por argumentos del
“desarrollismo” y del nacionalismo tradicional y que
relativizaron la idea de un alineamiento con el
gobierno norteamericano. (35)
En materia de política continental, Onganía fue -como
los nacionalistas- reacio a cualquier esquema
supranacional que coartara la autonomía o el
desarrollo argentinos. A fin del año 1966, definió
claramente su postura en materia de integración
regional, rechazando los proyectos supranacionales que
partían del Pentágono y de los países andinos, y
planteando un esquema de integración regional que
partía del reconocimiento de las diferencias
nacionales:

Dentro de una organización de naciones libres, todas
deben encontrarse en condiciones de lograr sus
respectivos objetivos nacionales. No insistamos en la
búsqueda de integraciones ficticias, que hacen
abstracción de la gran diversidad de situaciones
económicas y pasan por alto un complejo conjunto de
problemas que la mayoría de las repúblicas de América
no ha logrado solucionar. (36)

En síntesis, el perfil occidentalista heterodoxo del
gobierno de Onganía procuró canalizar las divergentes
inquietudes de nacionalistas y liberales. Por un lado,
estaba influido por el discurso “desarrollista” de la
“Alianza para el Progreso” de Kennedy y de los
“desarrollistas” argentinos, en el que la seguridad
contra la subversión izquierdista estaba vinculada al
desarrollo económico. Pero Onganía coincidía con los
liberales en que este desarrollo debía estar precedido
por la estabilización y modernización económica,
objetivos que necesitaban para su concreción exitosa
la atracción de capitales extranjeros. La necesidad de
obtener una buena imagen en los Estados Unidos para
atraer créditos es la que explica las presencias del
liberal Alvaro Alsogaray al frente de la embajada
argentina en Washington, y más tarde la del “técnico”
Adalbert Krieger Vasena al frente del Ministerio de
Economía. Ambas figuras gozaban de credibilidad
externa.
De acuerdo con el perfil occidentalista de Onganía, su
primer canciller, Nicanor Costa Méndez, un
nacionalista, integrante del club Ateneo de la
República, sostuvo una posición abiertamente crítica
respecto del régimen de Fidel Castro en Cuba. De
acuerdo con el sesgo anti-comunista del régimen
militar argentino, Castro fue percibido como la
principal amenaza a la seguridad argentina y
continental por ser el principal promotor de las
guerrillas en el continente. (37)
No obstante, Costa Méndez compartió con Onganía la
adopción de un perfil de política exterior que
equilibrara los intereses de los sectores liberales y
nacionalistas. Uno que estabilizara la economía
interna y procurara normalizar las relaciones con
Washington para ganar credibilidad externa y atraer la
ayuda económica y militar norteamericana acordada por
el ex presidente Illia, pero que también dejara lugar
a una política exterior “nacional”, no subordinada a
los intereses de Estados Unidos. La inclinación
pro-occidental del canciller no lo privó de reclamar
para la Argentina un trato igualitario frente al
gobierno norteamericano, como lo hizo durante el
incidente en torno al reconocimiento del régimen de
Onganía entre junio y julio de 1966. (38) Asimismo, la
común identificación que Costa Méndez y las
autoridades del Departamento de Estado respecto de la
necesidad de adoptar medidas multilaterales para
combatir la amenaza castrista en el continente no le
impidió al canciller argentino descartar proyectos
norteamericanos de carácter supranacional como la FIP.
(39) Pero, si bien rechazó la idea de crear una FIP, y
preocupado como Onganía por la proyección de la
amenaza comunista en el continente, Costa Méndez
impulsó la creación de un Comité Permanente de
Consulta en la OEA. (40) No obstante, esta propuesta
fue denunciada por los sectores nacionalistas como una
actitud de “satelismo” hacia Brasil y Estados Unidos,
a pesar de que en realidad ninguno de estos dos
gobiernos apoyó el proyecto argentino.
Costa Méndez también rechazó el esquema
integracionista supranacional promovido por Colombia,
Chile, Ecuador, Perú y Venezuela, signatarios de la
Declaración de Bogotá de agosto de 1966. Este esquema
de los países del Pacífico, basado en las ideas de
integración de la CEPAL, contó con el aval de Estados
Unidos. A su vez, el Departamento de Estado
norteamericano, propiciaba un proyecto elaborado por
Walt Whitman Rostow, que planteaba una división del
trabajo regional, otorgando a la Argentina al rol de
productor primario, y a Brasil y a Chile el de países
industriales, alternativa que resultaba inaceptable
para los sectores nacionalistas adheridos al
desarrollismo. (41) En su lugar, el canciller
argentino lanzó en diciembre de 1966 la idea de una
Comisión Permanente de los países de la Cuenca del
Plata. En este esquema alternativo, la integración
regional no sacrificaba el desarrollo a nivel
nacional, ya que implicaba la coordinación de acuerdos
bilaterales o multilaterales gestados por los propios
gobiernos de los países integrantes de la Cuenca, pero
sin intervención de órganos supranacionales. (42)
De esta manera, el perfil de política exterior
adoptado por Onganía y su canciller Costa Méndez, que
procuró equilibrar los intereses de los sectores
liberales y nacionalistas, terminó por no conformar a
ninguno de los dos. Los sectores liberales pusieron
objeciones a determinadas medidas de política exterior
consideradas como poco rentables económicamente -como
la objeción del secretario de Energía, Luis Gotelli, a
la opción por la fabricación de uranio natural,
impulsada por los sectores “nacionalistas” en la
reunión del CONASE de febrero de 1968, debido a que, a
pesar de su costo, podía ser producido en la Argentina
y permitiría el autoabastecimiento y la independencia
respecto de Estados Unidos y la URSS, proveedores de
uranio enriquecido. (43)  Por su parte, los
nacionalistas “desarrollistas” criticaron decisiones
de política exterior que interpretaron como ejemplos
de “alineamiento” con Estados Unidos -el proyecto de
creación del Comité Permanente de Consulta de la OEA,
al que los nacionalistas percibieron como una idea
remozada de la FIP-, o de “pasividad” respecto del
expansionismo brasileño en la Cuenca del Plata -el
énfasis del gobierno argentino en dar batalla jurídica
a Itamaraty respecto de la “consulta previa” para el
aprovechamiento de los ríos de la Cuenca, percibido
por los nacionalistas como recurso insuficiente si no
se lo acompañaba de la construcción de obras
hidroeléctricas y medidas de promoción de las
industrias de base, especialmente en las zonas
fronterizas. (44)
Debido a divergencias con el presidente Onganía, el 5
de diciembre de 1966 el comandante en jefe del
ejército, teniente general Pascual Pistarini, fue
reemplazado por el teniente general Julio Rodolfo
Alsogaray. El alejamiento de Pistarini fue en realidad
el preludio de un movimiento de acomodamiento
ministerial que tuvo lugar a fines de ese mismo mes,
por el cual Adalbert Krieger Vasena pasó a ocupar el
Ministerio de Economía y Guillermo Borda el del
Interior. Con la presencia del ex peronista Borda en
el Ministerio del Interior, Onganía procuró concretar
su idea de construir una “nueva” Argentina a través de
un acuerdo amplio, que incluyera a factores de poder,
grupos de presión y produjera “una síntesis de lo
rescatable en la política argentina”. Otro
nombramiento clave fue el del general Osiris G.
Villegas como secretario del CONASE. Se registraba así
un reparto de zonas de influencia: la corriente
liberal pasaba a dominar el ministerio económico y la
nacionalista el ministerio político. No obstante, esta
distribución no evitó el conflicto, pues el ámbito de
la política exterior se convirtió en una zona gris
donde ambas tendencias se interceptaron. (45)
En esta segunda etapa del gobierno de Onganía, la puja
entre liberales y nacionalistas hizo que el régimen
adoptara un perfil de política exterior que en la
práctica deambuló entre el anti-comunismo propio de la
Guerra Fría y una actitud pragmática más acorde con el
contexto global de détente. Se hizo evidente la
vocación de Onganía por otorgar a la Argentina un rol
continental y mundial, en función de “intereses
nacionales” que no siempre coincidieron con los
norteamericanos. Esto se notó en actitudes del
gobierno argentino tales como la firma de un decreto
en enero de 1967, la ley 17094, que extendía el mar
territorial argentino a 200 millas; (46) la posición
adoptada en materia de desarme nuclear y no
proliferación, que llevó al gobierno de Onganía a no
firmar el Tratado de No Proliferación Nuclear de 1968;
el desarrollo del “Plan Europa” que procuró, a través
de la compra de armas europeas, convertir con el
tiempo a la Argentina en un país exportador de
armamento; y la gira efectuada por el canciller Costa
Méndez entre fines de marzo y principios de abril de
1969, que incluyó estados europeos socialistas -caso
de Rumania-; estados ideológicamente afines al
onganiato -como el régimen franquista español-, y
estados pertenecientes al bloque occidental, pero
críticos respecto de la política de seguridad de
Washington -como la República Federal Alemana y
Francia. (47) 
Por cierto, la citada gira europea de Costa Méndez de
marzo-abril de 1969 estuvo inserta en su estrategia
-compartida por el presidente Onganía- de aliarse con
los países que integraban la llamada “clase media
mundial” -que incluía naciones de signo ideológico tan
diferente como Canadá, Australia, la Unión
Sudafricana, España, Francia, Alemania, Italia,
Rumania, Yugoslavia e Israel-. Esta alianza tenía por
objetivo “frenar” los reclamos de los países “chicos”
y de los “grandes”, y obtener los mejores beneficios
posibles de un comercio integrado. En una clara
manifestación de esta estrategia que hemos dado en
llamar occidentalismo heterodoxo, el canciller
argentino presentó a Primera Plana el 13 de abril de
1969 la siguiente definición: “(...)La bipolaridad que
caracterizaba al sistema internacional en los años de
la segunda posguerra se transforma ahora en
multipolaridad (...) el triángulo América
latina-Europa-USA realiza la inserción de la Argentina
en el mundo actual.” (48) 
No obstante, los sectores nacionalistas criticaron el
occidentalismo heterodoxo del canciller. Desde Azul y
Blanco, el “ortodoxo” Sánchez Sorondo ironizó acerca
de las declaraciones de Costa Méndez, sosteniendo que

“Si viviéramos en la Luna celebraríamos con entusiasmo
tal manifestación (...) pero nos preguntamos si este
canciller es el mismo que asistió a la OEA para
predicar la guerra contra Cuba; y si se trata del
mismo Poder Ejecutivo cuya dependencia respecto de
Washington alcanza, en el campo de la economía,
insospechadas derivaciones. (49)

Precisamente, como afirma Sánchez Sorondo, la adhesión
del gobierno de Onganía a los postulados “liberales”
en materia económica quitaba margen de credibilidad al
occidentalismo heterodoxo de Costa Méndez ante las
huestes nacionalistas.
Pero el canciller Costa Méndez no sólo se enfrentó en
esta segunda etapa de su gestión -que se extendió
desde diciembre de 1966 hasta junio de 1969- a las
críticas de los sectores nacionalistas. También debió
lidiar con la ofensiva de los sectores liberales,
liderados por el embajador argentino en Estados
Unidos, Alvaro Alsogaray. A fines de agosto de 1967,
Alsogaray acusó a “la burocracia y sobre todo (a) la
mentalidad estatista que todavía subsiste en muchos
sectores” de sabotear “los documentos orientadores de
la revolución” y frenar así las inversiones internas.
La referencia de Alsogaray a Costa Méndez era obvia.
El canciller era el único sobreviviente de la
reestructuración ministerial de fines de 1966 y era
notoria su oposición a un proyecto de garantía de
inversiones impulsado por el grupo alsogaraísta, que
desde hacía un año andaba dando vueltas por el Palacio
San Martín. Costa Méndez se oponía a la cláusula del
Acuerdo de Garantía de Inversiones porque otorgaba a
las empresas extranjeras privilegios tales como la
posibilidad de someter resoluciones de la Justicia
argentina que les fueran desfavorables al arbitrio de
un organismo internacional supranacional. (50)
Por otra parte, apenas transcurrido un mes de su
asunción como ministro de Economía, Krieger Vasena se
encontró con la realidad de que su enfoque monetarista
y sus contactos con los organismos internacionales de
crédito eran atacados por los desarrollistas, a través
de las declaraciones de Rogelio Frigerio en febrero de
1967, (51) y por los nacionalistas “ortodoxos” como
Marcelo Sánchez Sorondo y Juan Carlos Goyeneche, por
medio de las opiniones volcadas en editoriales de
diarios como Azul y Blanco. (52) 
Por cierto, la puesta en marcha de un plan de
estabilización económica en marzo de 1967 por parte de
Krieger Vasena fue el detonante que hizo que Sánchez
Sorondo abandonase su respaldo inicial al régimen de
Onganía. Este nacionalista conformó entonces el
Movimiento de la Revolución Nacional (MRN), que buscó
el reemplazo del onganiato por una democracia
representativa y un modelo nacional-populista que
equilibrara las fuerzas del capital y del trabajo. Los
“ortodoxos” como Sánchez Sorondo sostuvieron que el
plan liberal establecido en marzo de 1967 consagraba
la entrega del patrimonio nacional al capital
extranjero. (53)
Asimismo, las medidas que Krieger Vasena impulsó desde
la cartera económica generaron preocupación en la
Iglesia, debido a que provocaron desocupación y cierre
de fábricas, lo cual llevó al surgimiento del
Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo. El 1º de
mayo de 1968, en las afueras de Córdoba, se dieron
cita 23 de los 360 sacerdotes que firmarían el
Manifiesto de los Obispos del Tercer Mundo, un llamado
a la rehabilitación del hombre como persona, en
abierta crítica al modelo “liberal” de Krieger Vasena.
(54)
A la lista de disidentes al gobierno de Onganía se
sumó una figura protagónica de la Revolución
Libertadora: el almirante Isaac Rojas, quien censuró
al presidente la ausencia de un plan que condujese a
una salida electoral. A esta figura se agregaría
tiempo más tarde la del ex presidente Pedro Eugenio
Aramburu. También cabe mencionar al general Adolfo
Cándido López, quien desde fines de 1967 criticó
numerosas veces al gobierno por las mismas razones que
el almirante Rojas. (55) 
Pero si bien el general López inicialmente logró
algunas adhesiones, el lopizmo comenzó a fracturarse,
porque López se negó a firmar la proclama rebelde que
el “ortodoxo” Sánchez Sorondo le elevara como futura
propuesta de gobierno. Ante la negativa del general y
juzgando que la actitud de López ante el gobierno de
Onganía era indefinida, ese mismo mes de febrero
Sánchez Sorondo y el general retirado Carlos Augusto
Caro decidieron separarse del lopizmo y conformar el
MRN. (56)
Por cierto, fenómenos como el lopizmo, el MRN y la
versión peronista de las décadas del 60’ y ‘70 no
representaron hechos aislados e inconexos entre sí.
Expresaron la hostilidad de distintos sectores de la
sociedad hacia el modelo de ajuste liberal a través de
la emergencia de movimientos ideológicamente ambiguos.
Dichos movimientos expresaron, por ejemplo, la
convergencia del nacionalismo conservador y católico
de derecha con expresiones nacionalistas
desarrollistas e incluso de izquierda, corrientes
unidas en el común rechazo al modelo liberal propuesto
por Onganía y Krieger Vasena. Esta convergencia de
expresiones antiliberales no sólo comprendió las
diversas fracciones del nacionalismo, sino también
segmentos de partidos tradicionales como el
radicalismo y el peronismo, y el Movimiento de
Sacerdotes por el Tercer Mundo dentro de la Iglesia.
Sólo en este contexto de convergencias antiliberales
que abarcaron todo el espectro ideológico, se puede
comprender la aparición de grupos como Montoneros,
que, proviniendo del catolicismo y/o del nacionalismo
de derecha, también adoptaron un discurso de izquierda
y aceptaron el liderazgo de Perón. A su vez, estos
grupos constituyeron la llamada “Nueva Oposición”,
definida no por su coherencia en el ámbito de las
ideas, sino por su hostilidad hacia todo el sistema -y
particularmente hacia la política económica liberal
que impulsó el gobierno de Onganía-. Esta “Nueva
Oposición” hizo sentir toda su virulencia en el
levantamiento de Córdoba en mayo de 1969. (57)
Pero la lista de disidencias respecto de la gestión de
Krieger Vasena en Economía no estaría completa si no
agregáramos a ella una figura que, paradójicamente,
provenía del riñón mismo de la corriente liberal: el
embajador en Estados Unidos Alvaro Alsogaray.
Alsogaray tuvo un rol protagónico en el desgaste y
posterior desplazamiento de Salimei de la cartera
económica en diciembre de 1966. Ciertas concesiones de
Krieger Vasena a Onganía y a los sectores
nacionalistas reflejadas en las abultadas cifras del
presupuesto para el año 1968, presentadas a fines de
1967 y que fueron elogiadas por los miembros del
Ateneo de la República, dieron al grupo alsogaraísta
la excusa necesaria para elaborar un memorándum que
contenía fuertes críticas a la política económica.
(58)
Dicha postura tenía también relación con el desacuerdo
de Onganía y Krieger Vasena con la sanción de una ley
sobre garantía de inversiones, idea que impulsaba el
grupo del embajador Alsogaray. El 31 de enero de 1968,
durante el almuerzo anual de la Cámara
Argentino-Norteamericana de Comercio en Nueva York, el
embajador Alsogaray atacó la tendencia de los países
en desarrollo a financiar “hiper-burocracias” que
“despilfarran” los recursos nacionales, incluyendo en
esta categoría de países a la Argentina. En una
abierta crítica a los sectores nacionalistas y al
mismo gobierno de Onganía, Alsogaray llamaba a éste a
adoptar una solución de fondo, que desde su
perspectiva liberal consistía en limitar la
burocracia, incrementar el comercio internacional y
las inversiones privadas. (59)
Por su parte, el comandante en jefe del Ejército,
teniente general Julio Alsogaray, había intentado
pronunciar el 29 de mayo de 1967 -Día del Ejército- un
discurso opositor a lo que percibía como la tendencia
corporativa que dominaba al gobierno de Onganía. La
rápida reacción del presidente lo había evitado. (60)
No obstante, el general Alsogaray volvió a criticar
hacia marzo de 1968 las “tendencias corporativas” en
el Ministerio del Interior y en la Presidencia. A
pesar de que a fines de abril tanto el presidente
Onganía como su ministro del Interior Borda
proclamaron a viva voz su ataque al corporativismo, el
general Alsogaray mantuvo su actitud crítica hacia
Onganía. Buscó y encontró aliados en la CGT de
Raimundo Ongaro -opuesta a la CGT de Vandor, cercana
al gobierno-, en los radicales del Pueblo, en  algunos
peronistas y algunos militares retirados. El 1º de
mayo de 1968 la CGT ongarista encabezó una serie de
disturbios en contra de la política oficial. En ese
mismo mes, los hermanos Alsogaray reanudaron la
ofensiva contra los sectores nacionalistas del
gobierno. El 5, el general Julio Alsogaray reprochó,
durante una reunión que mantuvo con Onganía, la
conducta “corporativa” y “anti-liberal” del ministro
del Interior Borda, quien el 24 de abril había
elogiado la “participación comunitaria”. En otra
reunión de la Junta de Comandantes en Jefe sugirió la
revisión de la política oficial e incluso el reemplazo
del presidente.
En el interín, el embajador Alsogaray reunió viejos
apuntes que tituló “Bases para la Acción Política
Futura” y los envió a sus partidarios en Buenos Aires,
exhortándolos a formar un partido y presionar por la
vuelta a la democracia representativa. No conforme con
ello, el embajador partió hacia Buenos Aires y efectuó
declaraciones atacando la política de Borda como
corporativa y la gestión de Onganía como carente de un
plan político claro y con una política económica lenta
e ineficaz. El 14 de agosto, el almirante Isaac Rojas
se unía a esta ofensiva encabezada por Alsogaray,
censurando al gobierno por la ausencia de un plan que
condujese a la salida electoral. Como broche de oro,
el 23 de agosto, el general Julio Alsogaray propuso
ante sus mandos la destitución del presidente Onganía,
basándose en la “manifiesta incapacidad” del primer
mandatario “para cumplir el mandato que le fue
otorgado el 28 de junio de 1966”, de acuerdo con lo
establecido en el artículo 10º del Acta de la
Revolución Argentina, que facultaba a los comandantes
en jefe a designar reemplazante del presidente en caso
de muerte o incapacidad del mismo. (61) 
Ante el respaldo militar recibido por Onganía, los
Alsogaray se encontraron aislados. El 20 de agosto, el
presidente Onganía comunicó al general Alsogaray su
relevo. También fueron relevados los comandantes de la
armada, almirante Benigno Varela, y de la fuerza
aérea, brigadier Teodoro Alvarez. Sus reemplazantes
fueron el general Alejandro Agustín Lanusse, el
almirante Pedro Gnavi y el brigadier Jorge Miguel
Martínez Zuviría, respectivamente. Por su parte,
Alvaro Alsogaray renunció a su cargo de embajador
argentino en los Estados Unidos a fines de octubre de
1968 y se distanció definitivamente del proceso de la
Revolución Argentina. (62)
Por cierto, el creciente rechazo de los distintos
sectores de la sociedad argentina al plan económico y
al régimen de Onganía estuvo inserto en un contexto
internacional caracterizado también por un estado de
descontento global hacia las diferentes formas de
opresión a los pueblos, que se dio en llamar la
“primavera de los pueblos”. (63) Ejemplos de esta
primavera fueron la llamada primavera de Praga, el
Mayo francés, los motines de la ciudad de Washington a
raíz del asesinato de Martin Luther King, Jr., y las
demostraciones antibélicas en Estados Unidos, con la
emergencia del “Movimiento por la Paz”, que instó al
gobierno norteamericano a salir de la guerra de
Vietnam a cualquier precio.
La oposición a la gestión económica de Krieger Vasena
se evidenció asimismo en una serie de levantamientos
populares producidos en mayo de 1969 en distintos
puntos del país: atentados terroristas en el barrio de
Belgrano, en la Estación Retiro de la Capital Federal
y en la ciudad de La Plata, paros gremiales en las
ciudades de Córdoba y Resistencia, movimientos
estudiantiles en las de Corrientes, Rosario, Santa Fe
y La Plata. Estos disturbios de grupos terroristas,
gremiales y estudiantiles, llegaron a su clímax en
Córdoba con el estallido obrero-estudiantil del
“Cordobazo”, el 29 de mayo, que muchos autores señalan
como el principio del fin del régimen. El descontento
general imperante incluyó a las fuerzas armadas, las
cuales a partir del estallido de Córdoba rompieron la
“prescindencia” que habían pactado con Onganía y
comenzaron a reclamar su participación en las
decisiones gubernamentales. (64)
El Cordobazo dividió al Ejército. Mientras el
presidente Onganía interpretó ciegamente el
levantamiento de Córdoba como resultado de “una fuerza
extremista organizada para el estallido de la
insurrección urbana” y adoptó medidas tendientes a
reprimir las actividades comunistas, el entonces
comandante del ejército, general Lanusse, sostuvo ante
el propio Onganía en el Colegio Militar que “nuestra
institución no está hecha para la represión
indiscriminada sino para facilitar la paz”, y encabezó
un grupo partidario de abrir el juego y promover, a
través de un plan político gradual, el retorno del
gobierno constitucional en la Argentina. (65)
Tal vez la consecuencia más importante del Cordobazo
fuera la creencia generalizada en la violencia como un
medio eficaz para obtener objetivos políticos. A
partir del levantamiento de Córdoba, guerrilleros,
antiguerrilleros, dirigentes sindicales, miembros del
aparato de Estado y no pocos intelectuales apostaron a
la violencia como método sistemático al servicio de
una “causa justa” -la revolución- que justificaba
cualquier exceso. Esta tendencia se evidenció al poco
tiempo del estallido del Cordobazo, con el asesinato
del dirigente sindicalista Augusto Vandor en la sede
de la Unión Obrera Metalúrgica el 30 de junio de 1969.
(66)
Como consecuencia del levantamiento de Córdoba del 29
de mayo de 1969, se produjo la reestructuración del
gabinete ministerial. El 5 de junio, Krieger Vasena
renunció a su cargo de ministro de Economía; fue
reemplazado el 11 por el ex ministro de Economía de la
provincia de Buenos Aires y presidente ejecutivo del
CONADE, José María Dagnino Pastore. El general
Francisco A. Imaz ocupó la cartera del Interior que
dejó vacante Guillermo Borda y el contador Juan
Benedicto Martín pasó a ser el nuevo canciller en
reemplazo de Costa Méndez. Si bien en gran medida
estos cambios fueron provocados por la reacción de los
nacionalistas y de diversos sectores sociales a la
política económica liberal de Krieger Vasena y a la
figura del ministro Borda, lo cierto fue que los
sectores liberales no perdieron poder con el recambio
ministerial. Dagnino Pastore siguió por la senda
liberal e Imaz declaró como Borda su intención de
dialogar “con todos los sectores de la comunidad”. El
estallido de un nuevo levantamiento popular en la
ciudad de Rosario, en septiembre de 1969, demostró que
el presidente Onganía y muchos integrantes de su
gobierno estaban profundamente equivocados respecto de
su diagnóstico de las causas de la tensión social. A
pesar del evidente impacto interno de levantamientos
como el Cordobazo y luego el Rosariazo, en una
conferencia de prensa, Imaz negó la alternativa de una
pronta apertura del régimen, sosteniendo que “hasta
que no se logren definitivamente los objetivos de la
Revolución Argentina no habrá desemboque político”, y
afirmando que no estaban dadas las condiciones y la
tranquilidad necesarias para levantar el estado de
sitio. (67)
Por su parte, tras la segunda reestructuración
ministerial de junio de 1969, el sucesor de Costa
Méndez, Juan Benedicto Martín, continuó con el sesgo
de occidentalismo heterodoxo que su antecesor
evidenciara en la gira europea de abril del mismo año.
En enero de 1970, durante una comida que celebrara en
su honor la Asociación de Prensa Extranjera, Martín
manifestó que “la política exterior argentina es una
política nacional, independiente, realista y abierta a
distintos niveles de colaboración con los países
integrantes del sistema internacional”. Señaló también
que la Argentina había tenido siempre “vocación
universal” y que su gobierno estaba dispuesto a
“mantener vinculaciones económicas o
científico-tecnológicas también con países
extracontinentales de otro signo ideológico, sobre la
base del respeto recíproco y de la exclusión de toda
interferencia política(...)”. (68) Incluso el
canciller Martín anunció, hacia fines de abril de
1970, la participación argentina como observador en el
Movimiento de Países No Alineados, en la Conferencia
de Lusaka. (69)
En lo que respecta al ámbito subregional de la
política exterior, la preocupación del gobierno
argentino por lo que los sectores nacionalistas
consideraban “avances brasileños” en la Cuenca del
Plata llevó a la administración de Onganía a crear,
por la ley de Ministerios Nº 18.416, la Secretaría de
Estado de Recursos Hídricos, y a poner bajo su
jurisdicción la Comisión Nacional de la Cuenca del
Plata  La transferencia de dicha Comisión de la
Cancillería a la Secretaría de Recursos Hídricos, una
“movida” de los sectores nacionalistas, fue criticada
por los medios liberales como La Nación, que entendían
que la primera debía depender del Palacio San Martín.
(70) El titular de dicha secretaría, Guillermo J.
Cano, justificó esta transferencia en razón de que “el
83 por ciento de nuestras aguas son internacionales y
a la vez nacionales, lo que fuerza a integrar nuestra
política fluvial internacional con la política hídrica
interna, que constituye la principal responsabilidad
del organismo”. (71) 
Pero Onganía no tendría oportunidad de tomar muchas
más decisiones. El 28 de abril de 1970 el comandante
en jefe del ejército Lanusse envió un memorándum al
presidente Onganía, expresando las inquietudes de los
altos mandos del ejército. Presentaba un tono crítico
del cuadro general de la situación argentina, y
señalaba el fracaso de la política económica, cuyos
resultados se traducían en “la quiebra de la paz
social, el quebrantamiento de la pequeña y mediana
industria; la desnacionalización de empresas netamente
argentinas; el sometimiento del país a intereses
financieros extranjeros; la crisis de la empresa
agraria y el estancamiento del desarrollo del país”.
El memorándum mencionaba también la “orientación
antinacional en el campo económico, que no deja de
impactar a grandes sectores de la opinión”. (72)
Un mes más tarde, el 27 de mayo de 1970 en Olivos tuvo
lugar una reunión de los altos mandos del ejército con
el presidente Onganía, que fue calificada por el
comandante en jefe del ejército Lanusse, como “una
gran catástrofe nacional”. En esta reunión, las
sospechas de corporativismo que recaían sobre el
gobierno de Onganía parecieron quedar confirmadas por
su énfasis en dibujar nuevos organigramas y cuadros de
ordenamiento administrativo. Asimismo, la afirmación
del presidente respecto de que necesitaba 10 o 20 años
para cumplir el plan político confirmó las sospechas
de  los generales Lanusse, Eleodoro Sánchez Lahoz y
Alcides López Aufranc de que Onganía tenía un
pensamiento “corporativo fósil” alejado de la
realidad, que quería perpetuarse en el poder y no
deseaba el retorno a la democracia. (73)
Finalmente, se produjo el secuestro del ex presidente
general Pedro Eugenio Aramburu por Montoneros el 29 de
mayo de 1970, el mismo día en que el comandante en
jefe del ejército Lanusse pronunció el usual discurso
en el día de su arma, con un tono inequívocamente
crítico hacia la gestión de Onganía, ya que al
referirse a los fines del proceso revolucionario,
enfatizó “la oportuna restitución a la ciudadanía del
ejercicio pleno de sus derechos”. (74)
Por cierto, el secuestro -y posterior asesinato- del
ex presidente general Aramburu tuvo un profundo
sentido político: Aramburu era visto por una parte
considerable del ejército como un posible presidente
constitucional que además contaría con el apoyo de los
sectores peronistas, con quienes el ex mandatario
venía contactándose desde hacía tiempo. Además, se
rumoreaba que Aramburu planeaba la caída de Onganía y
su retorno al poder. De esta manera, cuando el primero
fue secuestrado, el presidente no pareció hacer
esfuerzos por hallarlo, lo cual generó en algunos
sectores la sospecha de que Onganía estuviera
complicado en el secuestro. Más allá de conjeturas, lo
cierto fue que el asesinato de Aramburu abrió un
abismo entre Onganía y el ejercito y cortó una salida
constitucional para el régimen. También marcó el
inicio formal de la modalidad subversiva en Argentina.
(75)
Tras el secuestro de Aramburu, los acontecimientos se
precipitaron rápidamente. El 2 de junio, el gobierno
implantó la pena de muerte para los actos terroristas
y secuestros de personas. Al día siguiente, en reclamo
de mejoras salariales, los obreros cordobeses ocuparon
por la fuerza varias plantas de empresas automotrices
y privaron de la libertad a directivos, capataces y
personal jerárquico. En este contexto de creciente
descontento, el día 5 se reunieron los integrantes de
la Junta de Comandantes en Jefe, y el 6 el teniente
general Lanusse se reunió con altos jefes del ejército
en Campo de Mayo. El 8 de junio Lanusse emitió un
comunicado, afirmando que el ejército no seguiría
extendiendo un “cheque en blanco” al gobierno, hecho
que provocó su relevo por el presidente Onganía y que
Lanusse se negó a aceptar. (76) Quedó así en evidencia
que Onganía ya no tenía más poder sobre las fuerzas
armadas. La Junta de Comandantes en Jefe, integrada
por el teniente general Lanusse, el almirante Pedro
Gnavi y el brigadier general Carlos Alberto Rey
resolvió su destitución y asumió el mando.
FUENTE: http://www.argentina-rree.com/14/14-001.htm 
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"Historia general de las relaciones exteriores de la
República Argentina" es una obra de autoría colectiva.
El equipo que trabajó en su realizacion estuvo
integrado por dos directores, cuatro colaboradores
principales y ocho colaboradores secundarios.

Directores:
. Andrés Cisneros
. Carlos Escudé

Colaboradores principales:
. Leonor Machinandiarena de Devoto
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. Alejandro Corbacho
. Ana Margheritis

Investigadores asociados:
. Kristin Ruggiero
. Laura Tedesco
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. Marina Carbajal
. Rut Diamint
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