Nueve de mayo, día de la "Victoria".

Por escaner-cultural - 1 de Junio, 2006, 17:30, Categoría: General

Por: Carlos Cegarra
<cegarracarlos@gmail.com>

 

Por fin he podido disfrutar de un día patriótico como Dios manda, no en mi país porque allí no es tan divertido, sino en la madre patria Rusia donde más bien me lo paso como en el circo.

 

Cuando se acerca el Nueve de Mayo se produce de nuevo ese fenómeno de parálisis temporal (y cerebral) y la ciudad se cubre de estrellas doradas, de rojo y de verde caqui. Los militares, de todo ejercito y condición se pasean por las calles con sus novias del brazo; los más viejos, los veteranos, lucen sus condecoraciones y tienen, junto con los supervivientes del cerco, descuentos de hasta el 50% en las panaderías más pijas de la ciudad. Los más jóvenes, esos marineritos que parecen que vienen de comunión, los que viven en esas academias militares infantiles como sacadas del País de las Maravillas, esos también salen en parejas, de chicos por lo general. Es maravillosa esta fiesta; eso sí, solo hasta las siete o las ocho de la tarde que es cuando el oro y el decoro dejan paso al alcohol y el salvesequienpueda.

 

Antes de eso el amor fraternal se apodera del corazón de los ciudadanos rusos que con la recién estrenada primavera se reúnen en los parques, se concentran a lo largo de la avenida Nevskii y llegan en tropel a la Plaza del Palacio. Hay que estar aquí, a nueve de mayo de 2006, sesenta años después, para sentir, una vez más, lo que debieron ser aquellos días de mayo de 1945. En las pantallas gigantes se muestran imágenes bélicas de la época; al principio con suavidad: trenes que parten al frente y andenes de personas que despiden a los soldados, las mujeres confeccionando bombas en las fábricas.., imágenes todas preciosas que ceden luego el paso a filmaciones de bombardeos, cañonazos, incendios y destrucción “en general...”

 

Blanco y negro de alta velocidad sobre un fondo de música antigua; en toda la plaza se puede escuchar el crepitar del gramófono cuando suena Katyusha y el pueblo entero, jóvenes y mayores, canta a coro entre cervezas, risas y euforia.

 

Harto de esperar en la plaza mientras no ocurre nada, decido volver a casa; hasta ese momento no me había percatado de que la procesión se aproximaba ya por Nevskii, ¡salvado! Cuando encaro la mítica avenida, poblada a ambos lados por gente que espera el paso del desfile, presiento que algo grande va a pasar. Avanzo por un lateral hasta quedar bloqueado por las mareas de gente que recorren las aceras de esta larga pasarela de asfalto.

 

¡Ahí vienen, ahí vienen!

 

Tomo mi aparato y en cuanto tengo a tiro a los primeros veteranos comienzo a disparar a diestro y siniestro; sin embargo pronto dejo la cámara casi instintivamente, no tardo mucho en quedar por completo fascinado por el espectáculo surrealista y a la vez conmovedor que tengo ante mis ojos. La puesta en escena es magnífica, ¡parece como si la segunda guerra mundial hubiera acabado ayer mismo, como si volviera del frente todo un ejercito de engalanados y aseados viejitos y viejitas soldado! Por un momento he estado a punto de ponerme a llorar mientras saludaba con la mano a estos héroes y heroínas repletos de medallas hasta las faldas. Abuelos estratégicamente disfrazados un año más para que la multitud les dé las gracias que no les da durante los restantes 364 días del año, cuando no son más que unos míseros viejos.

 

Ahí van, saludando con la mano y con el puño en alto; yo también les saludo, les doy las gracias y también levanto el puño.., me devuelven sonrisas agradecidas; llevan claveles, muchos tienen el rostro desencajado de emoción y derraman algunas lágrimas mientras un altavoz va animando a la muchedumbre con gritos de: “¡Vivan los Héroes!” “¡Vivan los Vencedores en la Gran Guerra Patriótica!” “Saludemos a estos Hombres y Mujeres como merecen por Defender a nuestro Pueblo del Enemigo!” “¡Hurra por los Vencedores!” “¡Hurra por los Héroes!”; y la multitud en un orgasmo nacional: “¡HURRA! ¡HURRA!” (por momentos acojona).

 

Me dejo arrastrar por el sentimentalismo aunque me sorprende por momentos que el del megáfono olvide este año mencionar que el mismo gobierno que les organiza la fiesta de disfraces y los exhibe mecánicamente ante la multitud cada año, les ha robado los beneficios sociales que se habían ganado allí en Berlín; seguro que se ha despistado. Seguro que los espectadores también lo han pasado por alto medio embriagados como están por la emoción. Será el corazón.

 

Pasa ante mí la Artillería, la Flota Báltica, pasan veteranos supervivientes del cerco, pasan los niños del cerco de Leningrado, los cosacos (ahí ya sí que flipo), pasan los comunistas con multitud de banderas y fotos de Stalin, detrás (para que vean lo que son las tradiciones) pasan los ortodoxos con sus iconos, sus barbas largas y sus beatas portadoras de Cristo; y por último pasan los partidos ultranacionalistas que no se pierden una, cuatro gatos acoplaos a los que nadie aplaude.

 

Pobres ancianos, vivieron tiempos jodidos y no les queda otra que vivir en la miseria hasta el día que se mueran. Estos mismos hombres y mujeres a los que hoy aclama con sinceridad la masa son las mismas personas que, durante el invierno, recogen latas de cerveza vacías de las papeleras, y los alrededores de las bocas de metro, para venderlas a céntimo la unidad en las chatarrerías. Esa vieja de ahí que sonríe con esperanza a la jovencita de la cámara digital es la misma a la que ayer increpaban delante de mis narices en la panadería por disponer de dinero solo a principio de mes; jodida vieja, solo tiene dinero a principio de mes y entonces te viene con el billete de 1000 rublos a comprar pan a 5 rublos, jodida viejuca pobretona.

 

Menuda farsa, pienso mientras decido salir del gentío una vez acabado el espectáculo. Miro hacia Nevskii y la mirada se pierde en la muchedumbre que abarrota la avenida por detrás del desfile. La cola debe llegar hasta la Plaza del Levantamiento, y esto es verdad como que lo ven mis ojos. No puedo creerlo, tuerzo a la derecha por el Canal Moika y emprendo rumbo a casa, son las seis de la tarde y aun queda la traca final: la llegada al Palacio, el discurso pomposo, las palabras vacías, el espejismo de un pueblo unido en torno a una bandera, el concierto, los petardos... Ya he tenido suficiente, aunque sé que probablemente no tendré la oportunidad de ver algo parecido; al ritmo que disminuye el género veterano, esta fiesta tiene los días contados...

 

¡Viva el día de la Victoria, gloria a los vencedores! 

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