7 de Marzo, 2006

Perú - 16 de marzo, nace César Vallejo.

Por escaner-cultural - 7 de Marzo, 2006, 9:22, Categoría: General

CAPULÍ, VALLEJO Y SU TIERRA
E
INSTITUTO RAÚL PORRAS BARRENECHEA
 
INVITACIÓN AL HOMENAJE
EN EL 114 ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DEL POETA
 
CÉSAR VALLEJO
NACE
ETERNAMENTE
 
MAX SILVA TUESTA Y
DANILO SÁNCHEZ LIHÓN
 
Presentación:
JORGE PUCCINELLI
 
Miércoles 15 de marzo del año 2006. Hora: 6.30 PM.
Local: Instituto Raúl Porras Barrenechea de la UNMSM.
Colina 398. Miraflores. Lima, Perú.
 
El Encuentro Internacional Capulí 7, Vallejo y su Tierra,
se llevará a cabo entre el 19 y 21 de mayo del año 2006,
siendo única e irrepetible la experiencia de conocer Santiago de Chuco,
cuna de César Vallejo, en un marco de fraternidad y comunión de ideales.
 
ºººººººººººººº
 
CÉSAR VALLEJO NACE ETERNAMENTE
 
Danilo Sánchez Lihón
 
 
1. "Servidme un café lleno de Vallejo"
 
Un maestro de Trujillo, ciudad al norte del Perú, me cuenta que en su visita a Quito, en Ecuador, le ha impresionado la admiración unánime y hasta la devoción que sienten maestros, artistas y profesionales en general por el poeta César Vallejo. Me refiere que en un café de la ciudad encontró escrito en la pared este graffiti: "Servidme un café lleno de Vallejo".
 
Sin poder explicarlo trato de comprender qué sentía, o qué puede sentir toda persona que anhela tomarse un café henchido de Vallejo y de qué esencia ha de estar compuesto dicho café. En Alemania hay un lugar donde sentarse llamado "Banco Vallejo", mucho más importante para mí que una institución financiera. Estos hechos ilustran cómo el poeta de Santiago de Chuco ya no sólo es un nombre en la literatura, sino una relación franca y raigal con la vida, nimia o intensa pero a fin de cuentas la vida; en la cual Vallejo ya pasó de ser un apellido consagrado para ser un adjetivo, un sustantivo y hasta un verbo inextricable del idioma.
 
Y es que no sólo él fue un orfebre, constructor u orífice del lenguaje, ámbito en el cual fue un trabajador pertinaz y constante de la palabra, al punto de expresar "que si ella no sobrevive, mejor que se lo coman todo y acabemos", pero cuya gesta alcanza un sentido más hondo y llega mucho más lejos, porque ¿qué significa un café lleno de Vallejo? o un ¿banco Vallejo? Acaso: ¿transida humanidad? ¿pena sin saber de qué? ¿compromiso, solidaridad, vida auténtica? Todo eso, claro, pero mucho más: una manera de ser frente al mundo, un estado de alma, una manera de sentir y hasta de vivir y, siendo así, algo ya inabarcable hasta el grado de lo eterno.
 
El mérito del poeta en esta hazaña ha sido expresar esa esencialidad, hecha de revelaciones y tinieblas, de abismales afirmaciones pero también de interrogantes incontestables, que no resolvió sino apenas hizo evidentes, pero eso sí las asumió con entereza, tanta que a partir de entonces él representa esa dimensión del ser del hombre y del universo que desde entonces sólo se lo puede identificar con su nombre, resultando entonces que una parte del cerebro, del espíritu, del alma y la esencia humana es Vallejo. Siendo así, Vallejo es inherente al hombre y en cada ser que nace, nace Vallejo.
 
2. Miliciano de huesos fidedignos
 
Y es que César Vallejo no solamente es el poeta que cristalizó una obra genial, sino que es el perfil del hombre cabal, aquél cuya vida es un camino y una moral a seguir. Considerarlo así es ser fieles al sufrimiento que él asumió, no gratuitamente, sino como una toma de posición coherente frente al mundo, ante la raza que él sintetiza y representa y ante la historia que él, finalmente, redime.
 
Optó por la poesía reconociéndola como un arma de lucha, la misma que fue asumida por él como un ejercicio de virtud y una marca de justicia, como una ética de la vida y como una actitud de la máxima responsabilidad social; como una acción de servicio a su prójimo; de allí que César Vallejo sea el poeta símbolo, paradigma y modelo de hombre, porque concentra el sufrimiento pero al mismo tiempo el valor, la intrepidez y la esperanza para cumplir aquel anhelo de:

El día que desayunemos todos...

Su poesía es acto, lucha y definición. Sus palabras son armas, soldados, militantes; que animan, entusiasman, se arrojan; son gritos, estallidos, metáforas de fuego, que claman, exhortan, explosionan, pero desde el humus y la arcilla que somos y desde el hálito de que estamos hechos. Discutió arduamente, y consigo mismo, acerca de la función del escritor, del arte y de la palabra; debate no sólo teórico sino que él hace vivencial cuando, en el “Himno a los voluntarios de la República,” escribe:

Voluntario de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acabe, al bien, que venga,
y quiero desgraciarme;
descúbrome la frente impersonal hasta tocar
el vaso de la sangre...

Igual de iluminadora y radical es su posición en el discurso que pronunciara con ocasión del Segundo Congreso Internacional de Escritores en Madrid, apoyando la causa de la República Española, cuando dice:

“... hemos sabido cómo el 5º regimiento había salvado los tesoros artísticos encontrados en el palacio del Duque de Alba, y los había salvado al precio de algunas vidas... nosotros queríamos digo, que en esta contingencia trágica del pueblo español y el mundo entero, los museos, los personajes que figuran en los cuadros, hayan recibido tal soplo de vitalidad que se conviertan también en soldados en beneficio de la humanidad”.

3. Y el libro, al igual que los soldados, cayó luchando
 
Vallejo anheló una cultura viva, una cultura al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la cultura. Él quiso que una escultura, como los seres representados en los cuadros, defiendan al hombre en contingencias amargas y atroces como fue la Guerra Civil Española. Y no que el hombre tuviera que sacrificar su vida para defender los cuadros o las piezas de museo. ¿Quién podría discutir una toma de posición verdadera como ésta?
 
Opuesta a aquella que mitifica el arte y se olvida del hombre, que sacraliza los objetos y depone la realidad cotidiana. De allí que Vallejo tenga valor, porque nos devuelve constantemente a las circunstancias, al padre, al hermano y al hijo que somos. Su poesía son esos combatientes que él reclama para defender la vida, son esos soldados, guerreros y militantes, que se levantan para exaltar emocionados la hazaña del hombre y la vida en el mundo.
Por eso, al referirme a esta agonía,
aléjome de mí gritando fuerte:
¡Abajo mi cadáver!... Y sollozo.
Un ejemplo de todo ello es su propia poesía, que estuvo al lado de los soldados del Ejército del Este - Guerra de la Independencia, en las trincheras mismas del río Ebro, junto a los milicianos del 5º Regimiento, en Cataluña, quienes fabricaron el papel, que no lo tenían, en momentos en que cada minuto es un tesoro para salvar la vida y obtener la victoria; y lo hicieron juntando sus vendajes, sus camisas desflecadas, los algodones de sus heridas, las fotografías de sus amadas y de sus hijos, para luego moler el amasijo, orearlo al viento de las batallas haciendo el papel e imprimiendo el libro al fragor de las bombas y la metralla; salpicado de lodo y sangre, como de esperanza y verdad.
Todos sudamos, el hombligo a cuestas,
también sudaba de tristeza el muerto
y un libro, yo lo vi sentidamente,
un libro, atrás un libro, arriba un libro
retoño del cadáver ex abrupto.
Ese libro estuvo al lado de ellos, cual si fuera un miliciano, tal y cual si cargara con ellos las bombas de un cañón y disparara. Y el libro, al igual que los soldados, cayó luchando, salvándose apenas dos ejemplares que fueron guardados por los monjes que, al amanecer, recogieron víctimas y despojos del campo de batalla. Uno de aquellos textos recogidos fue juntado a los volúmenes sin clasificar de la biblioteca del convento cercano de Monserrate. El otro ejemplar al parecer sirvió de base para hacer la edición mexicana que lleva prólogo de Juan Larrea.

4. Un descomunal himno a la vida
 
Ningún elogio, ningún premio, ningún grado honorífico, ni estudio consagratorio, pueden valer tanto para un autor, un libro o para la poesía misma, como aquel hecho –por su dimensión de vida, de verdad y de heroísmo– cual es el de haber sido un libro editado en la trinchera de una guerra, al fragor de una batalla y haber corrido la suerte de cada hombre, muriendo o viviendo, enhiesto hasta el tope en su consagración a sus convicciones e ideales.
 
Pero, si sólo fuera eso su mérito no sería absoluto, sino que cesados los bombardeos y pasada la contienda se lo sienta otra vez y siempre un libro verdad, para lo excelso de la poesía como para la vida cotidiana, común y corriente; es decir que tenga un valor para lo temporal como también para lo intemporal. Y es qué España aparta de mi este cáliz, es un descomunal himno a la vida, asumiendo todo el horror de la guerra y de la infamia; es la más rotunda confianza en el hermano y, a la vez, la más tenebrosa soledad, hasta el punto de hacernos tiritar de frío o encendernos con el ardor más sublime.
 
Es la mayor esperanza –en su estado límite y vital– como es a la vez la incertidumbre más absoluta en el destino del hombre; es la visión de la vida más pura y fraterna, pero teniendo ante sí las  horrísonas fuerzas del mal y de la muerte. Es el rayo que no cesa, iluminando lo tenebroso de la noche y la condición sufriente del hombre y a la vez la aurora y el amanecer más radiante:
¡Constructores
agrícolas, civiles y guerreros,
de la activa, hormigueante eternidad: estaba escrito
que vosotros haríais la luz, entornando
con la muerte vuestros ojos;
que, a la caída cruel de vuestras bocas,
vendrá en siete bandejas la abundancia, todo
en el mundo será de oro súbito
y el oro,
fabulosos mendigos de vuestra propia secreción de sangre,
y el oro mismo será entonces de oro!
Nadie, como César Vallejo, estuvo luchando por la España Republicana con el corazón en la mano, en cada frente de guerra, en cada segundo en que se arriesgaba la vida, al pie de cada cañón mudo o que atronara; despedazado por cada bomba que explotaba y atravesado por cada esquirla que se expandía; delirante, íntegro, con toda su plena y poderosa humanidad.
 
Con el poder incandescente de la palabra al rojo vivo, con cada letra convertida en fuego puro, como la lava de un volcán que erupcionara, él junta toda esa energía desatada por el antropoide que somos, en trance de hacer parir a la historia, para legarnos un mensaje de amor, de solidaridad, de fraternidad y de redención universal del hombre sobre la faz de la tierra.
 
César Vallejo es el inicio de una verdad que no acaba, es el inicio de una aventura humana nueva, es una voz que apunta hacia un universo aún inextricable. En su poesía hay claves, llaves, signos, flechas hacia un mundo nuevo. Es el principio de una certeza que aún se inicia e intuyo que jamás acaba.
 
Este texto puede ser reproducido
citando autor y fuente

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