CUANDO COMENZÓ LA LLUVIA

Por escaner-cultural - 31 de Diciembre, 2005, 14:20, Categoría: General

RELATO

por Emilio vilches


La flaca era una maniática sexual. Y ella lo sabía. Hace tiempo que su
cabeza funcionaba relacionando todo con sexo y fantaseaba con penes de todos
tamaños, formas y razas entrando por su vagina húmeda, con caderas
masculinas golpeando las suyas, con manos grandes de macho apretando sus
tetas, fuerte, muy fuerte. La flaca quería romper los esquemas.

La flaca era bastante guapa, piel blanca, pelo negro, unas tetas no muy
grandes pero buenas, una pequeña cintura y un trasero deseable. No tenía
problemas para conseguir hombres. El que le llamaba la atención lo
conseguía, era atractiva y ella lo sabía. La flaca quería derribarlo todo.

La flaca caminaba por las calles con indiferencia, no quería nada de lo que
veía en ellas. Ella quería sexo, ella quería que todo y todos se fueran a la
mierda. Sin embargo, y pese a su gran capacidad de conseguir hombres y su
deseo a flor de piel, la flaca jamás había sido penetrada. Era virgen por
voluntad propia. Si virgen se puede llamar a su condición. Tenía relaciones
lésbicas con su amiga la pequeña. Eran amigas desde niñas y desde hacía
algunos años se acostaban, se besaban, se amaban, se drogaban juntas.

La pequeña era aún más guapa que la flaca. Y más ardiente. Seducía,
insinuaba, besaba, pasaba su lengua por tu oreja, tomaba tu paquete de una
forma que justifica alguna posible eyaculación precoz. La pequeña tenía una
boca ardiente y una mirada fascinante, pero jamás permitió que un hombre la
llevara a la cama. Ella quería acabar con el planeta.

La flaca y la pequeña ocasionalmente veían hombres, pero con la diferencia
que la flaca se interesaba demasiado en ellos y la pequeña los manipulaba.
La pequeña jugaba con ellos, los ponía cachondos y luego los desechaba; le
gustaba ver su reacción. Ella amaba a la flaca. La flaca amaba a la pequeña,
pero sentía deseos de ser penetrada, de ser tomada por un hombre, de sentir
un falo dentro de su cuerpo. Por eso tenía deseos maniáticos de sexo. Sin
embargo ambas eran convencionalmente vírgenes. Ambas querían ver muerta a la
sociedad.

Las amigas se encontraban en la casa de la pequeña todas las tardes, cuando
los padres de ésta iban rumbo a sus puestos de trabajo. Estaban en cuarto
medio y querían vivir a full. Se juntaban en aquella casa, ponían el mismo
viejo disco de Iggy Pop & The Stooges, y comenzaba el ritual. El dealer ya
había entregado las estampillas y solo faltaba ponerlas bajo la lengua. Y
ellas lo sabían. Cuando esto ocurría, se quedaban como casi siempre en
silencio, se acercaban lentamente en la cama, se acariciaban las tetas, las
sentían ponerse duras, se daban un beso ardiente, besos húmedos. Sentían
lentamente como se humedecía su sexo, cómo el viaje las llevaba a espacios
sensuales infinitos, a espacios siempre nuevos. El ácido era su combustible.
El sexo, su recompensa. La pequeña tocaba las piernas de la flaca, subía su
jumper, se besaban siempre. Sacaban sus blusas, su ropa interior. Eran
realmente deseables, unos cuerpos aún en desarrollo, vírgenes, delicados.
Besaban sus tetas, las mordían, besaban sus vientres, sus caderas. La flaca
abría las piernas y la pequeña metía su lengua ahí. Jugaba con su clítoris,
metía sus dedos en la vagina, babeaba. Pasaba la mano por sus piernas,
apretaba su culo. Las amigas se amaban, el ácido las movía y la música de
Iggy Pop les daba una sexualidad explosiva. Tenían constantemente orgasmos
desgarradores, orgasmos comprometedores. Viajaban juntas, viajaban
paralelamente hacia el centro de sus cabezas, casi sentían como crujían sus
cerebros. No hablaban, pero sus cuerpos y sus vistas perdidas en galaxias
recónditas lo decían todo. Las amigas eran tal para cual.

La flaca, sin embargo, también quería un pene. No se conformaba con la
pequeña. Solo pensaba en penes dentro de sí. Pensaba en penes y en ácido, en
viajes nuevos. Iban a la disco juntas, tomaban algunas anfetas y salían a la
pista a bailar, a dejarse llevar, a excitar a los hombres, bailar para
ellos, mover lentamente su culo pegado a sus paquetes. Los besaban, los
manoseaban y los dejaban ahí con la lengua afuera. Calientes. Luego echaban
un trago, le ponían alguna pastilla y se iban a un rincón oscuro a besarse,
a lamerse, a tocarse. La música retumbaba en la disco, la vanguardia se
movía con la electrónica y las amigas se deseaban y se amaban. Las amigas
eran las dueñas del jodido mundo y de toda la mierda que gira con él.

Ora vez now I wanna be your dog, otra vez No fun. Otra vez la lengua de la
pequeña entre las piernas de la flaca, otra vez el ácido y las galaxias
paralelas, otra vez el deseo y la pasión. Pero la flaca era una maniática y
quería un pene dentro de su cuerpo. Ella tenía un piercing en un pezón y un
tatuaje extraño demasiado cerca de su bello púbico. La pequeña tenía un
piercing en la lengua y lo usaba en su beneficio en las horas y horas de
sexo oral que acumulaba con la flaca. Sus familias no tenían problemas
económicos y hace semanas que no pisaban el colegio. Lo suyo era el sexo y
las drogas. Lo suyo era viajar, pasarlo bien, jugar con los hombres,
reventarse los oídos con las guitarras y la suciedad de Iggy. Eran tal para
cual, pero la flaca deseaba un pene, un pene dentro de sí.

Las amigas se habían jurado no tener relaciones sexuales con hombres y esto
encendió aún más el deseo en la cabeza y la vagina de la flaca. La pequeña
era más chiflada y en más de alguna ocasión intentó cortar sus venas. Lo
hacía por llamar la atención. Y ella lo sabía. Se amaban, pero faltaba algo.
Las amigas eran las putas más extravagantes de la tierra.

Las amigas tenían unos orgasmos extrañísimos y tenían períodos de profunda
depresión. Desaparecían durante días o hasta semanas, pero luego volvían a
ser las mismas de siempre. Y peores. Fue en uno de esos períodos separadas,
uno especialmente largo en que ocurrió. Todo marchaba normal, en la radio
Real cool time, la estampilla bajo la lengua, el deseo a flor de piel. La
pequeña comenzó a desnudar a la flaca, recorrió sus piernas, besaba y mordía
su carne, bajaba su ropa interior, besaba sus tetas, apretaba, jadeaba,
sudaba. Pero esta vez la flaca no la seguía. Ella miraba una ventana,
perdida en algún lugar de su cabeza. Abrazaba y besaba, sí, pero era de una
forma diferente. Seguramente ni siquiera había notado a la pequeña en su
sexo, el cuerpo ardiente y perfecto de su amante, sus manos y su lengua, sus
maravillosas figuras. Ella estaba en otro sitio, ella estaba muy lejos de
aquella habitación. La pequeña descartó que se tratara de un simple viaje;
la conocía demasiado bien como para pensar en eso. Entonces lo notó. La
flaca había sido penetrada. Y lo supo no por la ausencia del himen, ya que
éste hace tiempo se habían encargado ellas mismas de pasarlo a mejor vida,
ni tampoco por el tamaño de la vagina: lo supo por la cara de la flaca, por
sus besos, por sus abrazos, por sus ojos. Los supo y no cabía la menor duda,
ella la había traicionado. Su cuerpo no mentía, su corazón no mentía. La
flaca había sido tomada por un hombre. Por primera vez en mucho tiempo la
flaca fingió un orgasmo. Y la pequeña lo sabía. Entonces la pequeña se
levantó de la cama y salió de la habitación ante la total indiferencia de la
flaca que seguía mirando la ventana, la ventana por la cual entraba una
tenue e inconstante luz. Se acercaba una tormenta, pero la pobre luz era
suficiente para desnudar las contradicciones y mostrar el cuerpo distinto de
la flaca, su cara distinta, su cabeza distinta. El aire era distinto. La
flaca lo sabía.

La pequeña volvió a entrar en la pieza, pero esta vez no venía sola. La
acompañaba la 22 automática de su padre. La flaca seguía indiferente, aún no
veía a la pequeña con el arma. Ella se acercó a la cama donde estaba la
flaca tendida desnuda boca arriba mirando la ventana, estaba bellísima,
grandiosa, pero ya nada importaba. Se acercó y tocó sus piernas, la flaca no
decía nada, ni siquiera miraba. La pequeña la acarició, besó su carne, sus
muslos, besó su sexo. Entonces puso el cañón de la pistola dentro de su
vagina, lo puso completo. La flaca dio un gemido de placer verdadero, muy
distinto al que había dado minutos antes con el cuerpo de su amiga. La
pequeña la amaba más que nunca. La pequeña comenzó a mover el cañón dentro
de su vagina, lo introducía y lo quitaba, simulaba una penetración. La flaca
nuevamente gemía, gemía de placer. Incluso su cara tomaba color, comenzó a
moverse. El cañón entraba más y se movía mejor, la flaca jadeaba, movía sus
caderas. De pronto la flaca abrió los ojos, levanto un poco su precioso
cuerpo y miró por fin a la pequeña. La pequeña reconoció esa mirada, supo
que ya todo había cambiado, que la flaca no sería la misma. Lo supo por esa
miraba. La amaba, pero esos ojos en los cuales tantas veces se había
reflejado no mentían esta vez. La flaca se había ido. Entonces la pequeña,
sin quitar la pistola de dentro de la vagina, apretó el gatillo. Dos veces.
La flaca aún miró unos segundos más a la pequeña antes de desprender un hilo
de sangre por la nariz y caer tendida sobre la misma cama de siempre.

Cuando comenzó la lluvia todavía sonaba Iggy Pop en la radio, pero esta vez
faltaba algo muy importante. Y la pequeña lo sabía.



***
Emilio Vilches tiene 21 años, actualmente estudia los semestres finales de
Pedagogía en Educación en Castellano en la Universidad de Santiago de Chile.
Escribe cuentos desde hace unos años y ha publicado en revistas pequeñas. Es
amigo del Colectivo Lingua Quiltra y este relato constituye su primer
aporte.

***
categoría: colaborador externo al Colectivo Lingua Quiltra.
linguaquiltra@yahoo.es


Colectivo Lingua Quiltra

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